miércoles, 7 de agosto de 2013

Su orilla (epístola en verso)

Mi fabulador de ensueños:

No dejo de preguntarme adónde habrá ido a parar aquel narrador de cuentos del país del azafrán. Tú sabes dónde se encuentra, ¿cierto...? Pero no, no me digas su paradero: prefiero no saberlo. Ahora bien, celebraría que en vez de instalarse en la desidia se hubiera dedicado a ubicar los sentimientos en el lugar adecuado: el amor en el sitio más visible, para tenerlo siempre a mano; acá lo placentero, allá lo aceptable, acullá lo enojoso. En cuanto a lo ominoso... mejor ni mentarlo. Si hubiera lavado a tiempo las legañas que la visión le velaban, si no estuviera tan ciego, hubiera visto que ella amaba su orilla, pero no el panorama que de costumbre divisaba: los silenciosos oteros que recuerdan, en demasía, el vegetar de los muertos, las tortuosas pendientes que de continuo ascendían; sibilinos pretextos, cántaros rompiéndose camino de la fuente, infundados recelos...
Bueno, no más por hoy: estoy agotada, mi amado, tanto que de buen grado dormiría cien años seguidos, al cabo de los cuales se supone habría de despertarme, con un beso, el príncipe de mis sueños. Ni que decir tiene que serías ese príncipe, el mismo que en todos mis versos adquiere protagonismo.

P.D. Huelga decirte lo mucho que te amo: mi alma te lo dice a diario.

© María José Rubiera