lunes, 12 de marzo de 2012

A la deriva

La tarde languidecía,
estableciendo el límite
entre la noche y el día,
cuando ambos determinamos
abandonar tierra firme,
navegar por separado
y bogar a la deriva.

Emprendimos la travesía
a merced de la galerna
que iracunda golpeaba
tu embarcación... y la mía.
Y continuamos remando
 sin saber a ciencia cierta
 hacia dónde nos llevaba
la cegadora tormenta.

Arribaste al sur; yo, al norte,
desnudos, sin pertenencias.
Habíamos arrojado
por la borda el cofre
de las mutuas vivencias:
gratas en su mayor parte;
otras, aciagas, funestas,
y no obstante personales..., nuestras.


© María José Rubiera