lunes, 14 de diciembre de 2015

¡Qué suerte tienen los hombres... ! (epístola en verso)


Mi añorada madrina:
 
Echo en falta tu presencia, la bondad y generosidad que te caracterizaron siempre. Tan lejos te fuiste, para nunca regresar. Tan lejos y tan cerca te presiento no obstante a veces... Es justo en esos momentos que remontándome en el tiempo me traslado a los años en que a escondidas de las gallinas sobaba a los polluelos. Años en que la risa jamás abandonaba mis labios, en que pesar alguno empañaba mis pupilas. Años en los que fuiste mi maestra, mi norte y mi guía.
 
¿Te acuerdas cuando encontrándote indispuesta guardaste cama un día entero...?
"Hoy no voy a poder levantarme, nenina, estoy maluca. Pero no te alarmes: de esta enfermedad nadie muere. Sufro el mal de las mujeres, el mismo que todos los meses padecemos sin remedio. ¡Rediós...! ¡Qué suerte tienen los hombres!, más que si fuesen buenos: ni tienen la regla ni paren ni se ocupan en sonar los mocos de los neños, y raro es que se acongojen... ¿Tienes hambre, mi preciosa? Pues me temo que tendrás que ir tú por algo de comer, porque yo no doy pie con bola. ¡Pero cuida de no caerte por las escaleras! Levantas la tapa de la masera y traes de comer para ambas: pan de escanda, queso, manteca y un bote de melocotón... Ah, y también moscatel que me calme el malestar, pues me viene como mano de santo para este dolor menstrual. ¡Hala! ¡Ve, mi guapísima! Eres más lista..., como las arañas. Pero no te entretengas, nenina, ¡no puede ser que pases hambre!", decías, enfatizando las palabras.
Yo, con mis cinco años recién cumplidos, descendía las escaleras a rastras, golpeando en cada escalón el trasero: tan empinadas eran que si no me andaba lista me peligraban los dientes.
 
Cuántas vivencias almacenadas en el polvoriento desván de la mente. Con qué frecuencia me llegan los ecos del pretérito y cuántas las veces que soñando universos paralelos junto a ti me veo de nuevo. Cuántas noches imaginando si la estrella que surca el firmamento será el vehículo que te traerá de vuelta...

© María José Rubiera