sábado, 2 de enero de 2016

El éxodo del Amor


Ávido el Amor
de nacientes amanecidas
como vulgar malhechor
a campo traviesa huye
del fuego que reducido a ceniza
no caldea el corazón,
de la tea que se consume
antes de ser encendida
y manantial de pasión
ansioso de aguas tibias
fluye por resbaloso sendero:
¡qué frías las lunas frígidas
que le salen al encuentro!
Discurre el Amor
ladera abajo, zigzagueando,
tropezando en cada china,
en el lodo resbalando:
¡qué soledosa la estrella
que se desdibuja arriba!
Interrumpe el Amor
el periplo emprendido
y obrando en sus manos arcilla
a golpe de escoplo y martillo
esculpe una estatuilla
que le procure calor.
¿Se arrepiente el Amor
de haber emprendido el éxodo?,
mil y una veces: ¡nunca!,
ni siquiera cuando
dejando caer el aldabón
de la sitiada fortaleza
el espantoso clamor
del guardián de la puerta
le instara a alejarse de ella.
Estima el Amor
que no existe lugar en la tierra
donde él no tenga cabida
y entornados los párpados,
la mente en vigilia
ve que la tétrica sombra
edita el nocturno epitafio
y tendiéndose sobre su tumba
pasa el testigo a la aurora:
amanece... en loor del Amor.
Amanece,
en la ribera la voz
de una pizpireta alondra
atrae la atención del macho,
y todo, de nuevo, concurre en la isla:
instantes de gloria, derrotas,
farisaicas promesas,
prosaicas desidias...


© María José Rubiera