viernes, 19 de junio de 2015

Silencios...


Los aires de suficiencia,
el ademán altanero,
aquel no tomar conciencia
de lo que pudo haber sido y no fue;
en paradero desconocido,
el mutuo respeto.
Todo sin variación alguna... idéntico:
el local, las butacas, la mesa
en que ante sendas tazas de café
diálogos y silencios sostuvieron,
                                                    silencios...
de inhibición desprovistos
al travestirse de negro
el majestuoso ajimez
del augusto firmamento,
                                       silencios...
despojados del taciturno velo,
independizados de la mudez
que resta expresión a los cuerpos
–quizá el amor sea sólo eso:
silencios... de sonidos recubiertos–.
¿Se había parado el tiempo...?
No: en la dársena del pasado
anclados estaban ellos,
sin nunca haber aprobado
la asignatura pendiente,
sin haber superado la prueba
que demandaba el presente.
Fuera, en el exterior,
el hálito de la brisa
que lo pernicioso estraga,
de la cúpula el resplandor
que precede al rubor del alba,
de la insomne soberana el albedo...
refractándose en las almas.

© María José Rubiera