viernes, 27 de marzo de 2015

Eras como una alborada / Poema de Alfonso Camín (1890 – 1982) / Declamación: María José Rubiera

 

In memóriam del poeta asturiano Alfonso Camín. Y dedicado a los emigrantes que, aspirando a labrarse un futuro digno, hubieron de abandonar su patria chica.


¡Eras como una alborada!
¡Qué cercana y qué distante
la fecha! Flor tu semblante.
Cielo limpio en la mirada.
Como naciente granada,
tu boca fresca, reía;
tu corazón repetía
lo que dictaban tus ojos
y estaba en tus labios rojos
todo el perfume del día.

En la cercana espinera,
mirando nuestros amores,
cantaban dos ruiseñores
sonatas en primavera.
Toda era flor la pradera;
decían los manantiales
los más finos madrigales
al jardín de tus anhelos,
y andaban locos mis celos
acariciando puñales.

Luciendo el blanco mandil,
con tu saya de estameña,
ibas de casa a la ordeña
y de la ordeña al redil.
Yo, apoyado en el rabil,
te iba mirando pasar;
y tus senos, al andar,
eran como esas manzanas
que sobresalen tempranas
en lo mejor del pomar.

Capullos de tu vergel,
tus mejillas victoriosas,
si las besaba, eran rosas
tan rojas como el clavel.
Tu boca, ardiente rondel;
tu cuerpo, un rosal moreno,
tus manos, como el pan bueno,
siempre buscando mis manos,
¡y sacudiendo manzanos
y retozando entre el heno!

Después, las cosas que sabes:
el aire del mar, la vela;
dolor de la dulce abuela
que ve que se van las aves;
tus ojos, que hoy están graves
porque me marcho mañana;
una tristeza aldeana
que nubla todo el poblado,
un barco que espera anclado
¡y un dolor más en la Habana!

"Hay que ser fuerte", el acento
del viento grita en mi oído;
¡y que no escucho el gemido
ya de tu voz en el viento!
Un dolor, un pensamiento
que agarrota las pasiones;
otro rumbo, otras canciones,
¡y tu recuerdo lejano
que se me va de la mano
que ha de domar los ciclones!

También tú, como violeta
que se pierde en el sendero,
olvidaste el romancero
y el corazón del poeta.
El tiempo, con su piqueta
cavó el abismo profundo:
tú tras de otro amor fecundo
fuiste y hallaste un calvario,
¡y yo aquí voy solitario
por el desierto del mundo!

¡Y pensar que me alejé
para hacer, como un impío,
la existencia del Judío
Errante de Eugenio Sué!
¡Andar y andar...!, ¿para qué?
¡Marchar sin gloria y sin tino;
aquí santo, allá asesino,
bien y mal, todo en derroche,
y aparecer una noche
difunto sobre el camino!

Pero siempre tú serás
sobre el dolor la esperanza,
una voz que dice ¡avanza!
¡Sé valiente y vencerás!
Y hay de aquella voz que ¡atrás!
¡me grite desde el pantano!
¡Quedará sola en el llano
mientras yo sigo adelante,
con el dolor de otro Atlante
que lleva un mundo en la mano!

¡Que siempre ha de ser mi vida
mar que jamás se refrena,
que va y viene hacia la arena,
pero siempre agua batida!
Como estrella florecida
en la noche de mis duelos,
mal que no pide consuelos,
pero no olvida el tesoro,
rayará tu nombre de oro
el pizarrón de mis cielos.

Pero siempre mis canciones,
aun con la luz de esa estrella,
serán siempre la centella
que fustiga a los ciclones.
Yo iré apartando escorpiones,
yo iré derribando muros,
yo venceré a los perjuros,
yo pondré luz en mi senda;
¡yo levantaré mi tienda
sobre los campos futuros!

–Alfonso Camín–