martes, 1 de julio de 2014

Marismeño

Entre las manos un libro
con las páginas en albo
y dos únicas palabras,
a modo de dedicatoria,
trazadas sobre la guarda:
un pronombre personal, y un verbo
conjugado en tiempo ambiguo,
en la glotis anudado
un vejatorio suspiro...
Cruzaba el esperpéntico
umbral de lo onírico,
accediendo a ese imperio de fábula
regido por el bruxismo,
en que todo es puro teatro
y se es espectador y consumado actor:
donde se es... sin ser el mismo.
 
Y se soñó marismeño
al mando de las marismas,
cuidador de los ánsares
que las frecuentaban,
amante de un cisne blanco
que soberbio, increíblemente bello
graznaba, acicalando el plumaje:
“¡Aléjate de mí, marismeño,
idos tú y tu herrumbrosa chalana
con la música a otra parte!
¿Ignoras que por ti siento nada?,
¿acaso no ves que ya no te quiero...?”
 
Con un apremiante deseo
cabalgando en la laringe,
desalentado, contrito,
sin chalana con que surcar los días
ni brújula que lo orientara,
sin víveres con que confortar el cuerpo
ni afectos con los que nutrir el alma...
regresó al mundo de lo establecido.

© María José Rubiera