viernes, 17 de enero de 2014

La importancia de llamarse Poesía

De mis iniciales poesías,
trazadas con mano resuelta
y efervescencia de niña
que gusta de hacer poemas
y decirse "poetisa"
cuando nadie puede escuchar
lo que se dice a sí misma,
sólo cabe destacar
la sinceridad genuina
con la que fueron escritas.
 
Por aquel entonces,
me enamoraba cuanto escribía.
Pero pasados los años,
una vez superada la etapa
de extremada cursilería,
no me quedó sino asumir
que había compuesto unas pésimas poesías.
Ahora bien, considerando que de alguna manera
habían sido parte integrante de mi vida,
ni mucho menos pensé en deshacerme de ellas
sino que las guardé en una carpeta
y las oculté en el fondo del secreter.
Del resto se encargaría el tiempo: me olvidé de su existencia.
 
Me olvidé de su existencia... hasta ayer.
 
No podría decir ni saber qué me hizo evocarlas
ni por qué sentí la acuciante necesidad
de reencontrarme con ellas.
Sólo sé que me precipité hacia el secreter,
temiendo que alguien se hubiera ocupado en tirarlas:
Allí estaban, en el compartimiento en que años atrás las alojara,
en la misma carpeta donde mis innobles manos las clausurara.
Temblorosa, emocionada,
los ojos cegados por una neblina lacrimosa,
me dispuse a releerlas. Y entonces, ¡oh, entonces!,
noté que se me helaba la sangre en las venas:
suicidarse... habían decidido las estrofas
que las componían.
Sobre los folios acartonados, amarillentos nada resultaba legible.
Nada, salvo dos versos dejados aposta,
escritos, a modo de epitafio, a saber por quién.

© María José rubiera