miércoles, 13 de noviembre de 2013

Soliloquios de madrugada

Sólo yo y el silencio permanecemos despiertos. Miento: el péndulo del reloj también está despierto. "Tempus fugit", repite una y otra vez su tozudo oscilar. Registro mentalmente la locución, y para más inri incorporo a la misma un conocido proverbio. Retumba en mis oídos la monótona cantinela: tic-tac, tic-tac. Y pensar que el desventurado censor ha de realizar idéntico ritual hasta morirse de viejo... Pensar: endiablado verbo. Tan endiablado como mi pensamiento que porfiadamente, incapaz de discurrir sereno, se empecina en darle vueltas a lo que no debe; es decir, en sacar a relucir indeseables recuerdos.
Son las tantas, y yo sin pizca de sueño. ¡Ay!, qué odioso este dinamismo mío que no me permite sosiego. ¡Qué tedio! Me entran ganas de levantarme de la cama y prepararme un buen tazón de café: solo y bien cargado, por supuesto –al menos si no consigo dormir que no sea debido al divagar de la mente, sino por algo placentero que me haya procurado adrede–. Ya me he perdido. ¿Por dónde iba...? ¡Ah, sí! Me levanto, paladeo un delicioso café, escribo, leo, escucho música, o yo qué sé... La cuestión es no pasarme el resto de la noche mirando al techo, malhumorada por ver cómo se me fugan las horas sin haber hecho nada de provecho. Pero mejor no me levanto. No vaya a ser que me acatarre: hace frío; se acusa ya la llegada del invierno. "¡No fastidies! Lo que te faltaba: encima de insomne, hipocondriaca", replica mi álter ego. "¡Chsss...! ¡Permanece callada un momento!", ordeno. Una, dos, tres, cuatro, cinco campanadas. Las cinco de la madrugada. Y yo sin asomo de sueño...

© María José Rubiera