viernes, 13 de septiembre de 2013

Nictálope

La tarde se abriga,
a hora avanzada,
con bardas violadas,
y para su coleto farfulla
decires canallas
–la sombra es basilisco
que fulmina con la mirada–.
Finalmente,
pliega las pestañas,
bosteza
y, paulatinamente,
se apaga.
 
Y sigo aquí,
estática...
cual polilla impelida
a abstraerse
en el fulgor de la llama,
apresada...
como testigo de cargo
que rehúsa subir al estrado,
desoyendo el alegato del alma
que antes que nada quiere,
mi encantador de serpientes,
absolverte.
 
Y sigo aquí,
a la espera de alígeros vientos
que de antorchas votivas
colmen
las hornacinas del cielo.
Sigo,
nictálope,
exhumando
entelequias soterradas,
ansiando deslizarme
en esa inconsciencia
que todo lo arduo allana.

© María José Rubiera