lunes, 18 de marzo de 2013

De suspiros...

Cada tarde se encontraban
en la serena alameda...
Cuando ella se demoraba,
él aguardaba expectante,
anhelando regalarle
bien un ramito de rosas, 
bien margaritas campestres,
rubicundas amapolas...,
o zarzamoras silvestres.
 
Aún era un imberbe
sin boatos que ofrecerle,
un chiquillo...
de pecho y rostro lampiños,
un adolescente...
ataviado de suspiros,
sin un chavo en los bolsillos;
en el corazón, un sueño
cual madreperla perlino,
verdoso cual esmeralda;
en los labios, un "te quiero",
y una promesa en el alma;
en la garganta, un requiebro
melindroso, delicado,
ensayado ante el espejo,
de continuo recitado,
por si acaso lo olvidaba
al decírselo a su amada.

© María José Rubiera