jueves, 1 de noviembre de 2012

Sedeña

Se dilató el útero de la sombra,
ora una contracción, ora un respiro,
un lacerante dolor,
otro más y otro seguido
hasta alumbrar la lívida aurora.
Nosotros, sin haber dormido
(a dormir se resiste el amor),
al alumbramiento asistimos,
asomados al balcón.
 
¿Recuerdas? Era pleno invierno,
diadema blanca lucía la montaña,
los témpanos pendían del alero,
la ciudad desierta estaba,
ni las vocingleras urracas
ni los gemidos del viento
osaban transitar la mañana.
Mas no acusábamos la gelidez,
ni tan siquiera reparábamos
en no enfundar más veste
que nuestra sedeña piel.

© María José Rubiera