lunes, 22 de octubre de 2012

La misma

No me supongas distinta, 
soy la misma, bien amado, 
la misma con quien jugabas 
en tu castillo encantado: 
yo hacía de dama extinta; 
tú, de caballero andante, 
y sin pudor me besabas 
no por romper el ensalmo 
de unas magas infernales, 
sino porque seducirme tramabas. 

Soy aquella que descubriera 
que si amarte era pecado 
aunque en el averno ardiera 
pecaría de buen grado, 
y si por osar amarte 
imponerme penitencia hubiera, 
serías la jaculatoria eterna 
con que clemencia obtuviera. 

No he cambiado, soy la misma 
que un día, cual reo confeso, 
declaró cuánto te amaba 
y para ti ex profeso 
puso al descubierto el alma.

© María José Rubiera