lunes, 24 de septiembre de 2012

Cautiva

Fue en un domingo de otoño
que, camuflada entre trapos,
revistas, libros añosos,
loza descascarillada
y demás ajados trastos
que los calés ofertaban
en el mercadillo dominical,
vi una caja de música
de palisandro rosado,
con taracea de nácar.

A pesar del recelo gitano
tomé entre mis manos la antigualla
y le levanté la tapa.
La cautiva bailarina danzaba:
el cabello recogido en un moño,
el tutú deshilachado,
el corpiño pringoso;
zapatillas de ballet
que tiempo atrás eran blancas
y a fuerza de tanto usarlas
se le habían vuelto pardas.

Danzaba y danzaba... sin darse parada,
tan sólo de cuando en cuando
en el espejo detenía la mirada
milésimas de segundo,
y continuaba la danza:
los torneados brazos elevados,
señalando al firmamento,
invocando a un ignoto demiurgo.

Yo... habría de jurar que lloraba.


© María José Rubiera