lunes, 11 de junio de 2012

Nada

Pensaba ser el lenitivo 
que mitigaba su pena, 
bálsamo para su satinada piel,
pensaba estar habitando su colmena 
y degustar de sus labios la miel. 
Pero no estaba, no permanecía, 
ni ocupaba el interior de su alma 
ni era un apéndice de su sombra 
ni en su alcoba yacía. 

Airado, el nordeste soplaba; 
a lo lejos, en el horizonte, 
la lene calina se deshilaba 
y una nube quiso ser bisonte. 
Y se preguntó si la propia existencia, 
al igual que la línea imaginaria 
que parece desposar 
el cielo con la tierra, 
no sería sino también imaginada, 
una fabulación de la mente 
con la retina conjurada 
para confundir a la gente. 
Fue entonces que pudo comprender 
que nada es como a los ojos se muestra, 
que nada es como aparenta ser, 
y al no ser sino mera apariencia 
dura lo que la impronta de la ráfaga 
que el instante deslumbra 
y al instante se apaga.

© María José Rubiera