miércoles, 11 de abril de 2012

El quinto jinete


Deambulaba, 
con paso cansino, con indolencia, 
las manos enfundadas en los bolsillos 
de un sobretodo raído, 
en la boca un rictus de indiferencia 
y en la mirada un deje de hastío. 
Por compañía llevaba 
al exasperante insomnio, 
la recurrente vigilia 
que de forma reiterada 
le iba horadando la vida, 
la inseparable soledad 
o, como solía llamarla: 
el quinto jinete apocalíptico 
que a lomos del alma cabalga 
en pos de la oscuridad. 

Era un fracasado, un perdedor 
–el otrora costoso diamante 
ya no era sino un vulgar vidrio 
hecho añicos, un desecho 
arrojado sin miramientos 
a un sucio contenedor–, 
pero ¿acaso le importaba? 
No, ya que nada pedía 
ni cosa alguna anhelaba, 
salvo echarse en el césped 
de un parque cualquiera 
y contemplar las estrellas.


© María José Rubiera