jueves, 9 de febrero de 2012

Sin que mediaran palabras

Llevaba un par de semanas
observando su fisonomía...
Aquel individuo me fascinaba,
me fascinaba el aura de melancolía
que en rededor suyo levitaba.

Allí estaba,
en el parque, ocupando el mismo banco
que la tarde anterior ocupara,
en idéntica postura,
colgando de la comisura de los labios
la misma colilla apagada.

Estático,
como si el tiempo no transcurriera,
como si su imagen hubiera sido
captada por el ojo de una cámara
y fija e inalterable permaneciera.

Cabizbajo,
encogido sobre sí mismo,
 con los brazos cruzados
bien porque sintiera frío,
bien a modo de defensa,
la mirada perdida a saber dónde
y en la boca un rictus de tristeza.

De pronto, reparando en mi presencia,
clavó su mirada en mi mirada
y, sin que entre ambos mediaran palabras,
me confesó que sabía en exceso
 acerca del hambre…, de la miseria.

© María José Rubiera