sábado, 8 de octubre de 2011

Ay, Amor...

Ay, Amor, cuán ladino eres
y con cuánta destreza juegas tus cartas...
Imposible resistirse
al ímpetu con que acometes,
a los taimados ardides,
a las ilusorias trampas
que a los amantes les tiendes.
¿Cómo puede ser posible
que a ciegas lances las flechas
y atines a dar en la diana...?

¿Cómo imaginar que un día
llegaras a herirme de muerte...?
Sí, bien digo: De muerte,
tan flamígero es tu fuego
que por fuerza en él se perece.
Herida estaré por siempre...
Lesionada tengo el alma
desde que entraste en mi vida
sin anunciarte siquiera,
sin que contigo contara.

© María José Rubiera