lunes, 12 de septiembre de 2011

El violinista

Llegó a  mis oídos,
al crepúsculo,
cuando el velo de las sombras comenzaba
a cubrir de gris el rubí vespertino.

Una voz,
un gemido,
el lamento desgarrado de un violín entristecido,
una melodía expresada en forma de suspiro.

El músico,
el violinista,
me hirió con el metal de su mirada,
hablándome sin hablar... Diciéndome, sin decir palabra:

"Soy vagabundo,
un paria,
tengo por lecho el fulgor de las estrellas
y las arenas del mar por almohada.

Soy libre,
como el viento,
jamás habré de rendirle cuentas a un dueño,
jamás pisotearán mis sentimientos.

Y tú, mujer,
¿qué eres...?
¡Sí, tú, que te apiadas de mi condición de errabundo!
¡Tú, que el alma tienes encarcelada!"

© María José Rubiera