jueves, 16 de junio de 2011

Aquella tarde...

Aquella tarde otoñal,
teñida de dorado ocre,
de áureo ámbar y aguamarina,
se encontraron nuestras vidas.

En una calle cualquiera,
nos topamos frente a frente:
bien por mera coincidencia,
bien porque escrito estuviera.

Comenzó a ulular el viento,
las hojas revolotearon
con lujuria y despilfarro...
Y me acogiste en tus brazos.

Nuestros cuerpos, se rozaron;
de hito en hito, nos miramos,
sosteniendo la mirada
con intención de indagarnos.

Y a partir de aquel instante,
sin haberlo pretendido,
sin que pudiera zafarme,
en tu red me aprisionaste.

© María José Rubiera