miércoles, 29 de diciembre de 2010

La Dama

Cuando la Dama visite mi morada,
la recibiré sin resistencia alguna,
no titubearé al franquearle la entrada,
permaneceré en calma, cual laguna.
Tomaremos asiento junto al fuego;
al amor de la lumbre, en pleno sosiego,
platicaremos hasta el amanecer
sobre el misterio de lo humano y divino,
de si al fin del vivir, sigue el renacer,
del enigmático fluir del destino.
Después, al anunciarse la alborada,
asida a su manto, me dejaré guiar,
la acompañaré sin tormento, confiada,
a sabiendas que de ella me puedo fiar.
Por fin, la paz habrá de reinar en mi alma;
durante eones, dormirá aletargada,
aguardando el ciclo del samsara
que, indefectible, acudirá a reclamarla.
Cuando la Dama me exija el tributo,
sin objeciones saldaré mi deuda,
no vacilaré tan siquiera un minuto,
no esgrimiré argumento, excusa ni arenga.
Necesario es que la vida desvanezca
para que a su vez la vida enriquezca,
primordial es que la belleza se marchite
para renacer bajo forma nueva,
que en el gélido invierno el prado tirite 
para lucir su esplendor en primavera.

© María José Rubiera