miércoles, 17 de noviembre de 2010

Aquella tarde otoñal

Extraviada en la nada la mirada;
las manos, crispadas sobre el regazo,
un rictus de amargura en los labios
y gemidos de fiera acorralada.
Veía, sin ver, el lejano horizonte
y el reverberar del astro sobre el agua;
azotada por la acritud salobre
que el impetuoso oleaje le arrojaba.
Era una hermosa muchacha
que rondaba los cuarenta;
fijé mi atención en ella
y la vi tan desolada,
que algo me impulsó a abordarla:
Hola, niña, ¿cómo estás?,
perdona si me inmiscuyo
en tu sagrada intimidad,
pero no es curiosidad,
ni afán de herirte el orgullo,
lo que me mueve a indagar.
Disculpada está, señora –respondió,
y después de un largo momento, añadió:
¿Sabe...?, estoy harto cansada
de luchar, de librar batallas,
de nadar contra corriente,
de inquirir qué es lo que falla
en mi vida, con mi gente...
A borbotones le salieron las palabras
y acto seguido, se acogió al silencio,
extraviada en la nada la mirada,
con un rictus de amargura en el gesto.
No supe qué decir, ni darle consejo,
quizá porque en ella vi mi reflejo;
pensé que lo mejor era marcharme, 
dejarla a solas con su desaliento 
y con el languidecer de la tarde 
otoñal que a la noche iba cediendo, 
sin un lamento, su crepuscular aliento.

© María José Rubiera