jueves, 16 de abril de 2015

El trovador y la xana (romance)

En un vergel encantado,
sito entre el Todo y la Nada,
se alza una torre de cuento
y bordeando la fachada
jazmín de la India, dondiego,
jaspe de sangre... una rosa hechizada
que intrépida va reptando
hasta la ojival ventana
donde, atusando el cabello,
cantiga de amor canturrea una xana.
Al abrigo del plácido céfiro
una laguna embrujada
y en la orilla un trovador,
 
 
loco de amor por la xana...
tañendo laúd de oro,
declamando poesía elegiaca:

–Si esclavo soy de tu amor,
qué no daría yo, amada,
por desposarme contigo
y besar tus labios grana.
A mi ser renunciaría
si contigo desposara
y conjurado el hechizo
que te impide ser humana
me dieras preciosos hijos...
tan preciosos como tú, mi adorada;
corteses... como este trovador
que no hace sino venerarte, mi dama.
¡Vente conmigo, por favor!,
¡sé mi particular maga!

En la pradera de ensueño
se eleva airada algazara:
las bayas del aquifolio,
las agujas de la pinácea,
las leñosas hojas del roble
–símbolo de luz y constancia–,
el noctámbulo dondiego
–albo fular tiene por garganta–,
el lirio azul de los valles
que se espiga en la hondonada.
El agareno alazán
que de rocío se sacia,
el cuervo... la estrepitosa oca
que a diestro y siniestro grazna,
el álgido zarragán,
el favonio... prendado del alba
claman a voz en grito:
¡No escuches sus ruegos, xana!,
¡no cedas a la tentación!,
¡no comprometas tu alma!

A lo cual la xana responde:

–No temáis por la integridad de mi alma.
¿Acaso ignoráis, mis preciados amigos,
que en mi condición de xana
desposada ya he sido, soy... y seré?:
desposada... por el Genio del Agua.
A ti, gentil trovador,
tan sólo decirte: ¡gracias!;
que tu laúd y tu lirismo
no se pierdan en la Nada,
que tus trovas se alimenten
de la paciente esperanza.

© María José Rubiera