jueves, 21 de agosto de 2014

Intruso

De vez en cuando,
sin cita previa,
sin previo aviso,
el pasado llama a la puerta:
de heterogénea comitiva
viene acompañado.
“¿A qué se debe tu presencia?”, preguntamos desabridos.
“A nada en particular”, responde.
“No has sido invitado”, insistimos.
“Lo sé, pero he de hacerme notar. No vaya a ser que alguien se olvide de que existo”, dice con sorna.
De nada sirve negarle el acceso
a nuestra soberana intimidad:
aposenta las nalgas
en el desvencijado orejero
en que tricotaba la abuela,
observa cuanto le rodea
y al poco abandona el sillón,
y perturbando la privacidad
que en absoluto le concierne
ora ojea una amarillenta misiva amorosa,
cuya data resulta ilegible
–beligerantes son los años, rara vez perdonan–,
ora repara en una biliosa fotografía
que muestra el rostro famélico de un niño:
sus ojos vivaces sonríen a la desdicha
–pase lo que pase, los niños siempre sonríen–,
y de esta guisa, objeto tras objeto es profanado por la mano impía.
Reverdecen las antiguas emociones: las gratas y las ingratas.
Al cabo de un rato, hartos ya de hurgar en la herida abierta, le rogamos que se vaya y jamás regrese.
Y una vez se hubo ido respiramos aliviados y nos decimos que ni el pasado ni el presente cuentan: el pasado porque no es sino densa niebla; el presente ¡ay!, presente era cuando comencé a escribir estas líneas... Era.

© María José Rubiera