lunes, 30 de septiembre de 2013

Otro lugar... Otro tiempo

Me miras y esbozas una sonrisa.
 
«¿Nos conocemos?», pregunto.
 
Afirmas con la cabeza, sin dejar de sonreírme.
 
Examino tu rostro, detenidamente,
queriendo hallar en él algo reconocible:
un gesto, un lunar, un rasgo distintivo
que en su día te caracterizara,
algo de ti inscrito en mi memoria, un indicio...
Es entonces que reconozco tus ojos,
de un inconfundible verdemar
–a simple vista el único atributo
que aún conservas incólume–.
Por lo demás nada que me recuerde
la animosa y preciosa mujer que fuiste,
al cisne de cuello esbelto
que en laguna dorada nadaba...
Otro lugar... otro tiempo.
 
«¿Qué te ha ocurrido, querida? ¿Qué te han hecho?
¿Por qué se te ve tan ajada?
No temas: nada voy a preguntarte,
nada que pueda herir tus sentimientos.
Mejor decirnos fruslerías ¿sí?», pienso.
 
«Acabará lloviendo», auguras transcurrido un rato, y añades:
«Es grato hablar contigo, pero he de irme. Discúlpame, por favor...»
 
Nos damos un abrazo y un beso en cada mejilla. Y te vas.
 
Veo cómo te alejas:
la cabeza inclinada,
los hombros abatidos...,
la mirada de tímida avecilla.
 
Mansamente,
sin estridencia,
cae la llovizna...

© María José Rubiera