viernes, 25 de enero de 2013

Loa a un anacoreta

Érase una vez...
un atribulado hidalgo,
perdidamente enamorado.
Amaba a una hermosa dama, 
tanto y de tal manera
que consuelo no hallaba
al ver que la justiciera
de su vera la arrebataba.
 
Un día, desesperado, alienado,
queriendo liberar a su amada
de las mortíferas garras,
enjaezó y ensilló su caballo
y recorriendo millas
consultó a hombres sabios,
buscando respuestas,
la fórmula mágica
que otorga la vida eterna,
al no hallar de la misma certeza,
renunció a ser caballero,
eligiendo ser anacoreta.
 
Instalado en una cueva
cercana a las estrellas,
recolectaba hierbas
de la pirenaica cordillera
que luego trituraba
en un broncíneo almirez,
por ver si con la mixtura
y un ruego a la esperanza
hallaba la panacea
con que sanar a su amada.

© María José Rubiera