lunes, 7 de enero de 2013

Cada mañana

Cada mañana,
cuando la aurora invicta
humilla la negrura pagana
y mis párpados perezosos
filtran la vaga emisión del alba,
extiendo mi mano plebeya
y en el satén de la frazada
busco indicios de tu presencia,
busco vestigios de tu sonrisa
en los pliegues de la almohada,
reminiscencias de tus caricias
en los frunces de las sábanas.

Una vez desperezada,
me apresuro hacia el espejo
por ver si aún resguarda
la impronta de tu aliento
al rasurarte la barba,
examino cada milímetro
de la superficie azogada,
queriendo hallar impresos
tus soliloquios,
tus gestos,
el iris de tus ojos,
tus pestañas,
tus labios carnosos...
tu imagen amada.

© María José Rubiera