jueves, 8 de diciembre de 2011

Amanecía

La difusa luz del alba
libraba lid con las sombras,
destronando a la dama de la noche,
nombrándose emperadora.


Amanecía, y conmigo no estabas,
no estabas físicamente
pero en la intimidad de la alcoba
tu alma se hallaba presente.

El día clareaba, y conmigo no estabas,
 tu cuerpo no estaba pero tu espíritu
aún se alojaba en la estancia,
aún pernoctaba en la cama.

En las revueltas frazadas,
ocultos entre los pliegues,
permanecían los besos
que a lo largo de la noche
nos diéramos en silencio.

Y la humedad de la escarcha,
dimanante del amor,
evidente se mostraba
en el tálamo de la habitación:
en la mácula de las sábanas.

© María José Rubiera