viernes, 15 de mayo de 2015

Yo y mi pensamiento

Tratando de mi futuro,
discutiendo con denuedo
 hasta perder el aliento,
cara a cara, sin escudo,
me enfrento a mi pensamiento.
Pretende regir mi sino,
me dice debo enfundar
el veste de peregrino
y recorrer los caminos
en busca de la Verdad.
Me habla de cierto sendero
que me está signado hallar;
mas, a escucharlo me niego,
pues me asusta, ¡me da miedo
toparme con la maldad!
De cobardía me acusa;
yo, rebelde, me sublevo,
y a capa y espada, con fuego,
se entabla enconada lucha
entre yo y mi pensamiento.
Me es imposible acallar
su apabullante dominio,
pues me impide argumentar
e insiste sobre el camino
que imagina debo hallar.
Derecho a negarme ejerzo,
le digo que es desatino
guiarme por su consejo,
y no cedo a su desvarío
porque no puedo, ni quiero.
No comprende el majadero
que opte por otro sendero
donde he de hallar la ilusión
que es causa de mi deseo,
y le insto a dar su razón:
—Explícate, pues no entiendo.
¿A qué verdad te refieres...?;
pero respóndeme presto,
si no, entenderé que mientes:
te delatará el silencio.
Después de eterno momento,
dejando pasar el tiempo,
calculando la respuesta,
hablóme así, con desprecio,
la voz de rabia traspuesta:
—No me es dado responder;
tú, sólo has de entender esto:
Velado está en cada ser,
y es menester padecer
hasta horadar el sendero.
Errante como el Judío
deberás morir viviendo.
A cuestas con tu albedrío
habrás de hollar el camino
donde reside el misterio.
—¿Crees que si lo desvelo
valdrá la pena el esfuerzo?
—Eso depende de ti.
—Depende de mí..., ¿en qué aspecto?
—De lo que aguantes sufrir,
pues escrito está en el ancestro
que hallar la Razón Suprema
requiere vivir sufriendo;
mas si descubres la senda,
se hará la luz al momento.

© María José Rubiera