jueves, 10 de junio de 2010

Cuando el alma despierta

Cuando a solas estoy conmigo misma,
es cuando en verdad vivencio mi alma.
Ante mí se muestra dulce, sumisa.
Su mano me tiende, su boca me habla.
Su voz se estrangula al sentirse herida,
ríe cantarina al sentirse amada.
Hermosa es mi alma, con cara de niña.
Ingrávida es, de plata su aura.
Voluptuosa, como golondrina
que el cielo surca al despuntar el alba.
Luminosa, como lucero que rutila
en el nítido albor de la mañana.
Al llegar la noche, viste de gala:
capa de armiño, vestido de gasa...
Diadema de oro luce en su cabello;
sobre las orejas, zarcillos de nácar,
collares de oro en el cuello esbelto,
en los brazos luce pulseras de ámbar
y como perfume esencia de espliego,
o bien de jazmín o bien de albahaca.
Se sabe venturosa porque es libre,
libre como el austro que orea el Atlas.
Que ningún ente a subyugarla aspire;
a quien lo intente, plantará batalla.
Nunca podrá ser sometida mi alma.
Que nadie piense en ponerle grilletes,
jamás nadie pretenda domeñarla.

© María José Rubiera