miércoles, 6 de mayo de 2015

El coleccionista... (relato)

Tres de la madrugada. El libro que estoy leyendo se me escabulle de las manos, yendo a parar a mi regazo. Me caigo de sueño, pero me resisto a quedarme dormida –que yo recuerde, me he resistido a dormir desde... siempre–. "No te pierdas el milagro nocturno", advierte mi voz interior. Me acodo en el ventanal: arriba, en las alturas, la luna en creciente y su compañero de tránsito. La noche huele a tierra húmeda, a rosas de mayo, a jazmín perlado de rocío... a magia inspiradora. Una templada brisa cimbrea el ramaje de los árboles del parque. Las hojas se rozan con suavidad, como si se prodigaran caricias. Me pregunto si será su modo de reconocerse y conversar. Si así fuere, ¡qué no daría yo por entender su lenguaje! Aguzo el oído, y mi fantasiosa imaginación, presta a dispararse, hace gala de comprender la lengua. Un relato comienza a fraguarse en mi mente. Me acerco al escritorio y esbozo el primer párrafo:
 
Un mundo por explorar en toda su extensión: el de la psicosis. Un personaje aquejado de un trastorno especular: doquiera se encuentre, mire en la dirección que mire ve su propia imagen como en un espejo. En ningún momento se plantea sea fruto de una alucinación el hecho de que se vea reflejado, sino que creyéndose dotado del don de la ubicuidad en absoluto le extraña. Se siente omnipresente. De ahí que se dedique a coleccionar espejos, en los que poder admirarse desde todos los ángulos posibles: espejado altar donde fervoroso, hincado de rodillas, rinde culto a su omnipresencia...
 
 
© María José Rubiera