jueves, 11 de febrero de 2016

Peggy Sof...

Un revolcón en el cieno,
aceite de almendras pochas
para el reseco pellejo,
glicerina y agua de rosas
con que hidratar sus brazuelos;
en cuanto a la vestimenta
idónea para los eventos,
seguro le vendrían de perlas
los trajes carnavalescos
que la abuela le tejiera.
Pulseras de brezo seco
y una argolla de hojalata,
espetada en la roma nariz,
completarían su atuendo.
Peggy Sof estaba feliz:
no sólo celebraría el Día del Amor
–había quedado con un jabalí
pretencioso... vacilón–,
sino que también se acercaba el día
en que liberada de la influencia
que sobre ella su progenitora ejercía,
se alejaría, por tiempo indefinido,
de la República Porcina,
en la que había nacido y crecido:
un sueño hecho realidad
la aguardaba en su nuevo destino.
Encaminada hacia el éxito y la fama,
haciendo un alto en el camino
Peggy Sof quiso admirarse
en un diáfano lagunajo:
"¡Qué guapa estás... Qué guapa!",
ponderó su reflejo.
Habiéndose puesto morada
de trufas, castañas y bellotas,
viéndose gorda como una foca
había seguido una dieta equilibrada,
y he aquí la consecuencia:
una jeta sonrosada
y figura de modelo,
cual palillo estilizada.
"¡Qué exitosa e importante me siento!",
exclamó alborozada;
de pronto, un olor a chamusquina
se propagó por el aire,
y fue entonces que cobró sentido
la advertencia de su madre:
"Sé precavida, hija mía,
no quisiera verte angustiada.
En absoluto te fíes de nadie,
máxime en época de matanza.
Apetecible es tu jugosa carne,
tentadores tus perniles ajamonados,
y siempre habrá quien tienda a imaginarte
chorizos de Cantimpalos..."


© María José Rubiera